Bioalgoritmo del Cosmos
Una tarde cualquiera, mirando hacia arriba.
Hay tardes que parecen haber sido hechas para recordar que estamos vivos. No pasa nada extraordinario. El sol empieza a bajar lentamente y la luz cambia de color. Las paredes dejan de ser blancas y adquieren ese tono cálido que sólo existe durante unos minutos. El aire trae olor a tierra, a hojas, quizá a comida que alguien prepara en alguna casa cercana. Se escucha un perro a lo lejos. Un automóvil pasa. Después otro. Y entre esos pequeños ruidos aparece algo que casi hemos olvidado escuchar: el silencio.
De niño podía pasar horas mirando el cielo. No porque entendiera algo de él; precisamente porque no entendía nada. Había algo hipnótico en quedarse quieto mientras las nubes avanzaban lentamente, mientras la tarde se apagaba y las primeras estrellas aparecían una por una.
Hoy vivimos demasiado rápido. Tenemos relojes que cuentan los segundos, teléfonos que cuentan nuestros pasos, algoritmos que intentan anticipar lo que queremos antes de que nosotros mismos lo sepamos. Pero pocas personas se sientan simplemente a observar. A mirar una hoja moverse con el viento. A escuchar cómo cambia una ciudad cuando comienza a oscurecer. A preguntarse por qué una canción puede llevarnos veinte años atrás en apenas tres minutos.
Y quizá por eso, aquella tarde, alguien me preguntó: —OiramX, ¿cómo crees que es el universo? Me quedé pensando. No en galaxias. No en agujeros negros. Ni siquiera en extraterrestres. Pensé en algo mucho más pequeño en una gota de agua, en una célula, en una cuerda de guitarra vibrando, en las ramas de un árbol moviéndose con el viento, en cómo una pequeña vibración puede convertirse en una onda y viajar mucho más lejos de lo que podemos ver.
Quizá el universo no sea solamente materia flotando en un espacio inmenso. Quizá sea un sistema; un sistema gigantesco compuesto por otros sistemas, como una canción dentro de otra canción, como una fractal que se repite sin ser exactamente igual. Una galaxia tiene estructuras. Un árbol tiene estructuras. Nuestro cuerpo tiene estructuras. Una red neuronal tiene estructuras. Una ciudad tiene estructuras. Incluso una canción tiene patrones: ritmo, frecuencia, repetición, variación. Y nosotros mismos somos una combinación extraordinariamente compleja de patrones que aprendimos a llamar identidad.
Todo empezó con una pregunta pequeña que se volvió enorme: el Om, ese sonido sagrado que culturas milenarias repiten como mantra, vibra en la frecuencia de La. La misma nota que afinan los instrumentos. La misma frecuencia que existe en el universo como onda de fondo. Si el sonido más antiguo que el ser humano asoció con lo divino resulta ser una frecuencia medible, una nota musical concreta, ¿qué tan lejos estamos de descubrir que todo lo demás también vibra en patrones que aún no sabemos leer?
Entonces apareció una idea que llevo tiempo intentando entender: ¿Y si existe un Bioalgoritmo del Cosmos? No hablo de un programa escrito por alguien. Ni de una computadora gigantesca escondida detrás de las estrellas. Hablo de algo mucho más extraño una especie de lenguaje común, un conjunto de patrones que atraviesa la realidad, desde lo microscópico hasta lo gigantesco, desde una partícula hasta una galaxia, desde una neurona hasta una conciencia, desde una vibración hasta una emoción.
Quizá la vida no sea algo separado del universo. Quizá sea una de las formas que tiene el universo de experimentar consigo mismo. Y nosotros somos una de esas formas; somos materia que aprendió a mirar las estrellas, somos átomos que después de miles de millones de años de transformaciones terminaron preguntándose de dónde vienen, somos polvo cósmico capaz de escribir poemas, materia capaz de construir telescopios para observar su propio origen.
Tal vez por eso la música siempre me ha parecido tan importante. Una cuerda vibra. La vibración mueve el aire. El aire llega a otro ser humano. Y algo invisible termina provocando una emoción completamente real. Una pequeña oscilación puede convertirse en memoria. Una frecuencia puede convertirse en nostalgia. Una canción puede hacer llorar a alguien que ni siquiera sabe explicar por qué. Eso también es un sistema. Eso también es conexión. Y quizá nosotros todavía no sepamos leer completamente el código pero eso no significa que no exista.
Quizá algún día descubramos que aquello que llamamos ciencia, arte, conciencia, naturaleza y tecnología nunca fueron mundos separados. Sólo eran diferentes maneras de observar el mismo fenómeno. El mismo universo. La misma frecuencia. El mismo algoritmo.
Por eso me gusta imaginar que cada uno de nosotros es una pequeña parte de algo infinitamente mayor. Millones de millones de vidas, cada una con su propia frecuencia, cada una creyendo ser una historia independiente, y sin embargo todas conectadas por algo que todavía no comprendemos completamente. Como las notas de una canción; separadas parecen solamente sonidos, juntas se convierten en música.
Quizá eso sea el Bioalgoritmo del Cosmos. No una respuesta. Tal vez ni siquiera una teoría. Sólo una forma de mirar. Una invitación a detenernos alguna tarde, cuando el sol esté cayendo, cuando el aire huela diferente y el mundo parezca bajar el volumen durante unos minutos.
Mirar hacia arriba.
Y preguntarnos:
¿Y si nunca estuvimos separados del universo?
¿Y si siempre fuimos parte de su código?
Quizá entonces entendamos algo que llevamos toda la vida intentando descubrir: que no somos espectadores del cosmos.
Creo firmemente...
“Y todos somos el universo intentando entenderse a sí mismo.”